Un payaso de cumpleaños me dijo una vez que no podía quitarse la naríz sin perder la sonrisa, que leyera libros de aventuras, que recordara cuánto me quería.
En medio del pinar, en una playa desconocida pero cercana, mi figura siluetea el viento. Casi me he convertido en estatua de sal y la lluvia rebosa mi vaso de la paciencia.
Hay alguien cerca, lo percibo. Hay alguien muy cerca, tan cerca que si quisiera podría robarme con su naríz de payaso la quintaesencia de mi alma.
Aquel payaso de cumpleaños ahora es un viejo verde, con unos brazos mohosos de no remar, aleccionado por la vida y por sus tragedias, conmovido por los niños que nunca pudo hacer reír.
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